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Por Elsa Sada
Coach Nutricional

La Navidad es una época de oportunidades, de reconciliación, de alegría y de pruebas. Durante estos días experimentamos una constante ambivalencia entre darnos permiso para beber y comer a placer, o mantener nuestro bienestar mediante una buena disciplina. La pregunta es ¿por qué persistimos en comer y beber en exceso aunque sabemos que nos provocamos daño?

Como humanos sabemos que nos cuesta el cambio, el desprendimiento, las pérdidas, y éstas no se refieren solo a las adversas. También nos produce dolor despedirnos de nuestros hábitos dañinos. ¿Por qué ocurre esto? Tal vez porque lo normal sea repetir patrones, conductas, y también vicios.

Cuando perdemos algo entramos en un duelo. Dejar ir nuestros malos hábitos alimenticios así como también el alcoholismo y el tabaquismo nos genera un duelo, a pesar de saber que si los conserváramos nos seguirían haciendo mal. Dejar ir lo que hasta hoy nos ha ayudado “a lidiar con nuestra vida”, por dañino que haya sido, nos causa dolor y tristeza.

Pensemos en positivo y reflexionemos que sin dolor no hay crecimiento, no hay transformación, no evolucionamos. Si el miedo al dolor es más fuerte que la determinación de crecer, entonces tendremos que recordar que el dolor es pasajero, mientras que el crecimiento es permanente. Se vale sentir dolor. Lo que no se vale es quedarse en el dolor.

Es posible que esperemos con ansia la Navidad porque es la fecha en la que podemos comer, beber y desvelarnos con libertad. Es típico pensar que Navidad es época de permisos y de libertad, ¿pero también nos damos el permiso de dañarnos?, ¿nuestros “antojos” son más importantes que nuestra salud?, ¿nuestra “compulsión” domina nuestra desdicha? La respuesta debe ser NO.

Para nuestro organismo no hay Navidad, no hay Semana Santa, ni puentes ni vacaciones. Nuestro organismo es una máquina que transforma el alimento en energía, así que si alteramos las dosis de alimento y preferimos los de bajo valor nutricional, como la comida chatarra, dulces y panadería refinada, nuestro cuerpo no podrá brindarnos su máximo desempeño.

Lo que sucede es que en estas épocas escuchamos a nuestra mente, no a nuestro cuerpo. La mente es “la loca de la casa”, es la que se deja llevar por el placer inmediato de comer, por las emociones, las fiestas, los brindis, y en cada uno de sus arranques de euforia pincha la salud de nuestro organismo, olvidando que nuestro organismo es el mismo durante todo el año.

 

El placer de renovarnos

Lo deseable, tanto en Navidad como a lo largo del año, es hacer de nuestra manera de alimentarnos un hábito saludable, una costumbre divertida, que no requiera esfuerzo. ¿Cómo lograrlo?

El primer paso es tener referentes, y uno muy bueno puede ser el flaco de la familia o el flaco compañero de la oficina. Si los observamos con detenimiento muy pronto advertiremos que los flacos comen y actúan como flacos, es decir, se piensan y se alimentan como flacos. Combinan bien sus alimentos, se sirven en platos pequeños, beben en vasos pequeños, inician con verduras, declinan los postres o sólo comen una porción petit. Saben decir no y lo hacen con una sonrisa, no comen entre comidas, beben agua natural, declinan los refrescos, y un sinfín de etcéteras más. Son flacos porque así lo estipulan y lo determinan, es una decisión que con el paso del tiempo se convierte en un estilo de vida saludable.

Además, los delgados y saludables, siguen una dieta saludable 80 por ciento del tiempo y se permiten 20 por ciento de ciertos caprichos y de otros alimentos que no los hacen sentir ni culpables, ni frustrados ni deprimidos. Saben que si conservan una alimentación natural y una actividad física de forma regular, será la mejor vía para promover su salud y su bienestar físico y emocional.

Entonces ¿son mejores los flacos que los obesos? Por supuesto que no. Sólo son más disciplinados, y una condición fundamental para conseguirlo es esa precisamente: la disciplina. ¿Pero cómo ser disciplinado? En primer lugar conviene recordar que la disciplina corresponde al conocimiento que cada uno tiene de sí mismo. Cuando se tiene claro lo que se quiere, florece esa fuerza de voluntad que surge hasta el punto de renunciar a ciertas cosas para convertir nuestro sueño en realidad. Si no nos conocemos ni tampoco tenemos claro lo que queremos, entonces escuchamos más a nuestra mente. Es decir, nuestra mente nos dice que está delicioso, que es Navidad y que se puede comer y beber con libertad; en cambio nuestro cuerpo dice “¡Basta!, ya es suficiente, me siento mal, estoy cansado”.

La mayoría de nosotros no sabemos escuchar a nuestro cuerpo, por ello nos es muy sencillo escuchar a nuestra mente y encontrar todas las justificaciones para no lograr nuestra meta.

Gracias a los años que llevo de profesión en el consultorio, llegué a la conclusión de agrupar a las personas en cuatro categorías:

  1. Negación. Son personas que están en plena y absoluta negación de auto-conocerse. Un ejemplo sería el sujeto que no quiere saber ni aceptar que es alcohólico. Otro caso sería el individuo que vive bajo estrés, tiene presión alta y está acostumbrado a sentirse “bien” así. Este grupo de personas habitualmente no tienen ni una meta ni un propósito y por puro desconocimiento no hacen bien las cosas ni saben cómo hacerlas.
  2. Resistencia. En este segundo grupo, las personas saben lo que deberían hacer para seguir una vida sana, pero aún no lo hacen. Es como el diabético que sabe que el exceso de azúcar le hace daño y no hace nada para remediarlo. Son personas que se auto-engañan, que permiten que su mente los domine y se rinden antes de tiempo, les cuesta entender que pequeños pasos los llevarán a grandes logros y les falta integrar una serie de habilidades, que se adquieren a base de disciplina y práctica.
  3. Obstinación. Se produce cuando la persona ya sigue un buen estilo de vida de manera consciente y con metas claras, pero aún se esfuerza para ello; es decir, cuando nos “obligamos” a mantener ciertos hábitos porque sabemos que nos benefician o porque es la única forma de mantenernos delgados y en forma. Un ejemplo sería la mujer que es identificada por su delgadez y cuerpazo pero que la sufre para mantenerlo, lo hace sin tanto gozo ni alegría principalmente para ser reconocida y admirada. O bien, el atleta que entrena y compite para ganar un trofeo y alimentar su ego aunque la sufra.
  4. Ejemplares. Son aquellas personas que han trabajado en sí mismos, que se han marcado metas y que con disciplina las han conseguido y transformado en buenos hábitos de vida. Los practican de forma inconsciente, natural, ya no por obligación, sino sencillamente porque lo gozan y lo disfrutan. Poseen la dirección de su vida, son positivos, flexibles, creativos y resistentes ante cualquier adversidad. Para llegar aquí aprendieron a disfrutar el placer de renovarse.

Así, la gente sana suele ser competente en su vida diaria de manera inconsciente, sin ni siquiera darse cuenta de ello, y todos los días del año, lo que incluye la Navidad.

La mayoría de nosotros, en Navidad no comemos en respuesta a nuestros mecanismos de hambre y saciedad, sino porque “es la hora de comer y porque la comida está buena”. Si mantenemos esta forma de pensar no será posible esperar que en Navidad nuestros mecanismos fisiológicos nos vayan a proteger de los excesos o el incremento de peso. Las fiestas navideñas se hicieron para disfrutarse, no para sufrirlas. Si cambias tú, cambiará tu forma de disfrutar la Navidad.

 

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28 November 2016

Laboratorio de Aprendizaje 02


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