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Por Carolina Valdés

Le costaba trabajo hacer lo que otros decían era lo correcto o adecuado. Crecer dentro de un núcleo familiar cercano y cálido no le había dado ese sentido que se dice es común para la cortesía, el respeto ni las reglas. Siempre hizo lo que le parecía natural: si en la escuela le daba calor, se quitaba la camisa sin el más mínimo vestigio de vergüenza o temor.

Sus padres se disculpaban por él casi a diario. Si no había problemas con los papás de sus compañeros, eran los vecinos los que se quejaban del niño que corría desnudo y sin zapatos por toda la privada. Los intentos por disciplinarlo fueron completamente inútiles. Los psicólogos le aseguraban a su madre, Julia, que era una fase y que apenas llegara a la adolescencia le vería el sentido a las normas, sabría lo importante que es vivir en paz con la sociedad.

-Tengo miedo, Pepe. Gerardito es un monstruo y está más tonto que una mula.

-Cálmate, es solamente un niño. Lo único que quiere es llamar la atención.

En la universidad, era famoso por contestarle a los profesores; en el primer semestre que estuvo inscrito, lo corrieron de todas sus clases, pero seguía llegando al campus todas las mañanas. Recorría la biblioteca docenas de veces al día, hasta que el bibliotecario le decía que tenía que cerrar. Con un par de libros bajo el brazo, se subía a su auto (regalo de su padre por haber terminado la preparatoria en tan solo 5 años) y se iba a casa.

-¿Me trajiste lo que te pedí?

-¿La carne?

-¿Te la pedí?

-Sí

-Entonces, ¿por qué preguntas?

A Gerardo le gustaba el supermercado, así que iba gustosamente. En el pasillo 6 tuvo una gran sorpresa: una compañera de la escuela estaba ahí, escogiendo entre los tipos de pastas. Emilia siempre le había parecido muy inteligente, la admiraba mucho. Se sabía todos los huesos del cuerpo desde los 10 años y soñaba con ser doctora.

Sonriendo, Gerardo se acercó y le dijo:

-Creo que me duele la tibia.

-¡Gerardo!- Emilia lo abrazó efusivamente, hasta se tuvo que reacomodar sus lentes.  -¿Cómo has estado?

-Bien, causándole problemas a diferentes maestros… ¿tú?

Dio un suspiro muy largo y nada más dijo que muy bien, muy ocupada, que si sus hijos… Gerardo se sorprendió mucho. Ya no reconocía a esa niña juguetona y estudiosa que lo único que quería hacer era estudiar Medicina.

-Se supone que con la edad cambiamos, Gera.

Pero él no había cambiado, seguía haciendo lo que le parecía, y entre más crecía, a menos personas le importaba.

Era como si el mundo hubiera dejado de tratar de moldearlo y ahora lo dejaban leer en paz, correr sin camiseta por el parque, si tenía ganas; vivir su vida a su manera sin siquiera el más silencioso regaño a cambio. Madurar para él era quitarse cadenas, pero para ella era escoger más candados. Gerardo llegó a su casa llorando inconsolablemente.

Julia estaba muy preocupada por él. Se esperó hasta que, entre tanto sollozo, pudiera articular palabras para preguntarle qué le pasaba.

-¿Qué le pasó a Emilia, mamá?



13 July 2017

Carolina Valdés


Licenciada en Economía

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