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La peor hora para ir a clases. El sol fulminante dominaba el ambiente, y por si fuera poco a duras penas conseguías alguna sombra durante todo el trayecto comprendido desde la avenida Pino Suárez hasta la Plaza de la Purísima.

Por Julio César Estrada

 

Los árboles habían mutado en parquímetros y las banquetas indolentes subían los vapores de media tarde; los árboles sin aviso previo pasaron a la historia; el calor se mostraba con insolencia y dejaba sentir su poder, eran las tardes veraniegas atípicas de la ciudad, con sus espejismos urbanos cortesía de los casi 40 grados. El trayecto daba cuenta para ir caminando en líneas ya memorizadas y organizando notas mentales para una tardeada escolar. Estaba en el recorrido el Colegio Panamericano y una calle adelante la gran Embajada de Paraguay, señales que indicaban la cercanía de la Escuela de Comunicación, un emblema artístico y singular de la Universidad Regiomontana.

El calor apretaba durante esas largas cuadras, y la única acción conducente para equilibrar la dosis de sol, era seguir de frente hacia las Paletas Dumbo, el local frente a la Plaza de La Purísima, era un alto para refrescarte un poco antes de entrar a la Casona-Escuela; siempre se me antojó esa entrada como sacada de una película iraní, donde el calor podía ser retratado sin duda alguna.

Tenía esa magia, ese movimiento entre hipnótico y seductor que se desprendía de pisos, paredes y podía revelar hasta el aura de las personas. Apenas con un pie al interior, sus pisos, acabados y paredes altas y blancas eran como si estuvieras moviéndote en el tiempo y geografías lejanas.

Estaba diseñada para ser habitada por el calor extremo y las almas mortales sin hacerse daño, una especie de cofradía entre moros y furiosos arranques de calor.
Muy al estilo norestense, la Escuela tenía su portón y un gran pasillo que en sus tiempos de oro debió ser todo aristocracia, sin embargo ahora nos daba cobijo estudiantil, además de un calor infernal en cada salón de clase; el aire se enrarecía con los aparatos de ‘caldo lavado’ haciendo aún mas Dantesco el ambiente de esas tardes de fuego y verano.

Como en los juegos de azar Babilonia revivía cada tarde, cada semana en esos inolvidables e inclementes veranos pensados para mil ideas, y además estudiar, si quedaba algo de tiempo en cada una de sus tardes.
Bajo la dirección de Guillermo Sánchez Garay, la Escuela de Comunicación se hizo imán del quehacer artístico de la Universidad Regiomontana, y los mejores actores, cantantes, bailarines, músicos y otros personajes no menos interesantes confluían en sus aulas, más bien en sus patios, corredores y zonas sociales; fue en aquellos años, la piedra angular para el naciente diamante que es hoy Difusión Cultural U-ERRE.

Era el latir del texto, música, artes y talentos gráficos. Al sonar del timbre, todos los seres a punto de la deshidratación se encaminaban a sus salones para iniciar con el ritual de la tarde; había que cubrir el requisito de ser estudiantes por al menos cuatro horas, cuatro horas de sauna, acompañadas de un par de refrescos; no era para menos, los grados del termómetro marcaban la salvedad de llevar bebidas a las sesiones.

El duelo de poderes entre el sol y la resistencia humana daba su campanada. A punto de moverme veo de reojo que ya se acerca, espero a que llegue, y así Beethoven y yo caminamos juntos al salón de Estadística, el tercero de la entrada a la derecha; para variar, Beethoven viene en su mundo, el singular personaje no siente el calor y sonríe, sonríe a todos por igual. Se para una puerta antes y saluda de mano y voz a uno de los actores de Calígula, creo haberlo visto antes.

–Sí, es de por allá del Mante o algo de por el rumbo, me dice Beethoven con risa, de hecho ríe de todo; Beethoven tiene ventaja, ya hace mucho tiempo hizo un pacto con el ambiente, no se molestan mutuamente, ese es el valor del poder de fuga mental. (Beethoven lo domina)

Lo vi sin verlo, más bien quise ver un poco hacia su izquierda, creo reconocer los ojos que sonríen… sí, si sonríen.
Las tardes en la escuela de Comunicación me dejaron aprendizajes, insolaciones, amigos, recuerdos y algunos otros elementos. Nos seguimos viendo, contamos las mismas historias y por increíble que parezca, siempre suenan distintas; tal vez sí fuimos afectados por asistir a diario a una Escuela que pudo estar a orillas del Mediterráneo, que pudo ser la tramoya de grandes puestas en escena (las evidencias existen) y es ahora un lienzo en mis memorias, y por fortuna también en la memoria colectiva.

Saludos y abrazos ochenteros… los principales afectados por la ola de calor de los veranos indomables.

La escuela de Comunicación sobrevivió cada verano… y nosotros necios al fin, también.

15 June 2016

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